El gigante encogió

FRANCISCO PEREGIL Río de Janeiro
Eike Batista y Dilma Rousseff, en abril de 2012. / RICARDO MORAES (REUTERS)


 Uno de los lemas que más se han oído durante las protestas de Brasil alude a los enormes recursos del país: “El gigante despertó”. Sin embargo, las noticias que llegan después de un largo sueño no siempre son las que se desearía escuchar. Brasil, la sexta economía del mundo, contaba hasta hace muy poco tiempo con un millonario a la altura de su tamaño. Se llama Eike Batista, tiene 57 años y era en 2012 el hombre más rico del Cono Sur y el séptimo del mundo. La revista Forbes le atribuía entonces una fortuna de 22.847 millones de euros.
Batista es el presidente de EBX, un grupo de cinco empresas que abarcan sectores de construcción, energía, minería, industria naval, entretenimiento y, sobre todo, gas y petróleo. Pero la joya de la corona ha sido OGX, la compañía de exploración energética que fundó en 2007 y que le generó en solo cinco años dos tercios de su fortuna. Sin embargo, su imperio ha ido desplomándose a un ritmo mareante que en cierta forma padece y profundiza el estancamiento de la economía brasileña.
En marzo de 2012 Batista aún figuraba entre las ocho personas más ricas del mundo, según la lista de la agencia Bloomberg. Aspiraba a convertirse en el primero, por delante del mexicano Carlos Slim. Era la época en que Batista encandilaba a sus socios asegurando que había firmado un pacto con la naturaleza. En mayo pasado ya abandonó la lista de los 100 más ricos, y el 12 de junio salió de la lista de los 200. Entonces, la fortuna pasó a ser de 4.600 millones de euros. Y seguía bajando.
El lunes pasado OGX emitió un comunicado en el que afirmaba que su único campo petrolero bajo producción, el de Turbarão Azul, en Bacia de Campos, puede dejar de producir petróleo en 2014. Y otros tres campos, situados en la misma zona, han sido considerados inviables por la empresa, bajo el pretexto de que no hay “tecnología capaz de convertir en económicamente viable su desarrollo”. La noticia hizo desplomarse las acciones de la empresa en más de 27 puntos porcentuales y arrastró en su caída a la bolsa de São Paulo.
“Hay mucho que explicar sobre el colapso del campo Turbarão Azul”, comentaba ayer la columnista del diario O Globo Miriam Leitão. “En mayo del año pasado la empresa hizo junto a la Agencia Nacional del Petróleo la ‘declaración de comercialidad’ del campo. Si era comercial hace un año, ¿cómo es posible que ahora se descubra que no hay tecnología capaz de hace viable cualquier inversión adicional?”.
Brasil pasó de crecer en 2010 a un ritmo del 7,5% sobre su Producto Interior Bruto al 0,9% de 2012. No obstante, el país sigue siendo una potencia sin apenas desempleo y se espera un crecimiento para este año del 2,5%. El destino de Batista, sin embargo, parece menos propicio.
Lejos parecen haber quedado los tiempos en que Batista se presentaba ante los jóvenes empresarios de su país como modelo de “un nuevo capitalismo que no se avergüenza de mostrar el dinero que tiene”. Y sin embargo, hace solo un año y medio, en enero de 2012, que la revista más leída del país le dedicó una portada y aseguró en su interior: “El reportaje de esta edición de Veja captura ese momento especial de glorificación de la riqueza producida con trabajo, honestidad, inversión personal y coraje para correr riesgos”.
Batista tiene en Twitter una cuenta con más de 1,3 millones de seguidores y 21.686 tuits. Pero, al menos hasta el mediodía del martes, había pasado seis días sin escribir un solo mensaje.
El domingo 23 de junio, The New York Times publicó un reportaje sobre Batista en el que afirmaba que su auge y caída refleja el revés de la fortuna que ha vivido Brasil. El diario recordaba que el empresario emblema del poderío brasileño recibió más de 4.000 millones de dólares en créditos en inversiones procedentes de los bancos estatales.
Hijo del ingeniero brasileño Eliezer Batista, ministro de Minas y Energía en los años sesenta, y de una madre alemana de quien dice haber heredado la autoestima y la disciplina, Batista vivió su adolescencia con sus padres entre Suiza, Bélgica y Alemania. A los 21 años montó una empresa que se dedicaba a comprar oro extraído en las minas del Amazonas. En 18 meses ya había juntado seis millones de dólares y compró la primera de sus ocho minas. Desde entonces hasta hace menos de dos años, el viento siempre le sopló a favor y su fortuna no paraba de crecer. Ahora, se tratará de dilucidar si en su día informó a los inversores y a las autoridades bursátiles con el rigor y la transparencia que debía hacerlo el gran gigante de la economía brasileña.
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